martes 23 de agosto de 2011

formas breves en el breve insomnio

martes 23 de agosto de 2011

Es algo que pasa muchas veces: te despiertas nadando en sudor, y ya no hay modo de regresar a la vigilia. Entonces decides dejar de dar vueltas y te pones a ver una peli o a leer hasta que llega la hora en que hay que despertarse y ahí te alcanza el sueño de nuevo.
En una de esas veces dejé todo lo que tenía que leer por obligación, y abrí las páginas de Formas breves.  Recordé a Claudia diciéndome: "tienes que leer a Piglia", en cámara lenta, con una enorme seriedad chilena y una seguridad rabiosa en sus ojos, como si me dijera: "tienes que limpiar la nevera", o "tienes que dejar de pensar en eso porque no te hará ningún bien", o "tienes que cambiar de camiseta, esa no nos hace ningún bien a los demás".
Siento debilidad por los libros que hablan de la admiración del autor por otro autor. Piglia por Macedonio Fernández, Piglia por Borges, Piglia por Hemingway. Es como cuando un mago lee libros sobre magia que no van tanto de la técnica, sino de la magia en sí, algo que resulta comprensible únicamente para ellos y los de su especie. Así, me tropecé con la historia de La mujer grabada en primer lugar (fue donde abrí el libro), y hallé esa brevísima pero hermosa narración de la vendedora de flores y su grabadora con la voz de Macedonio Fernández, tan leído y estudiado por Piglia, con la sensación todo el tiempo de no saber si Piglia adoptaba la persona del narrador o la del confidente, si lo que leía era o no una invención o un cuento camuflado a la manera y semejanza de los maestros, si me confiaba su magia o sólo quería hacer lo que se anuncia de este trabajo: una colección de notas dispersas sobre literatura, unas memorias incipientes o frustradas, una oda a escritores fallecidos, una declaración de encontrarse en el mismo sitio que yo.
El insomnio había dado paso a la fascinación, las formas breves de los objetos del cuarto que uso como estudio se fueron perfilando y coloreando, mientras paseaba por las tesis sobre el cuento, por retratos arrebatados de otros que habían descifrado su modo de narrar, por los apuntes sobre psicología y tragedia en la literatura que resultan en grandes lecciones sobre la propia literatura:
Mientras [Joyce] estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucia Joyce, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucia terminó psicótica, murió en 1962 internada en una clínica suiza. Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a salir, a buscar en el arte un punto de fuga. Una de las cosas que hacía Lucia era escribir. Joyce la impulsaba a escribir, leía sus textos, y Lucia escribía, pero a la vez se colocaba cada vez en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron a Joyce que fuera a consultar a Jung.
Estaban viviendo en Suiza y Jung, que había escrito un texto sobre el Ulises y que por lo tanto sabía muy bien quién era Joyce, tenía ahí su clínica. Joyce fue entonces a verlo para plantearle el dilema de su hija y le dijo a Jung: "Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo", porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake, que es un texto totalmente psicótico. Si uno lo mira desde esa perspectiva, es totalmente fragmentado, onírico, cruzado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Entonces Joyce le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: "Pero allí donde usted nada, ella se ahoga." Es la mejor definición que conozco de la distinción entre un artista y... otra cosa, que no voy a llamar de otro modo que así.
Entonces abrí los ojos como platos de souvenir andaluz y me grabé en el alma cochambrosa de escritorzuelo la enseñanza. De igual forma que tomé nota, a la altura del mediodía, a lápiz (utensilio que no suelo usar para tomar notas) de algoritmos del cuento: como si hubiera descubierto el fuego, sabiendo que otros ya habían descubierto el fuego.
Se escribe mucho, cada vez más, sobre creación literaria, y bucear en ese tipo de material puede resultar muy peliagudo. Al final, creo que son las pequeñas formas breves las que permanecen, y que una discusión sobre el particular no debe durar mucho. Borges, con una vergüenza ciertamente entrañable sobre sus escritos, dejó algunas notas al respecto, y luego siguió escuchando, y luego apagó la luz porque ya era de día y el insomnio ya no era más que una débil palpitación que supongo se desvanecería a la hora de la siesta.



- FORMAS BREVES, Ricardo Piglia, Anagrama (2000)

2 comentarios:

J. G.

gustome su relectura

(m)

Me encantó! Me voy a tener que apuntar al té inspirador!
Gracias,
(m)

 
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