Me puse un par de gomillas elásticas alrededor de la muñeca mientras escuchaba atentamente su explicación de lo que parecía un violento encuentro con un individuo al que debía entregar una carta extrañísima, la cual llevaba colgando de su dedo índice, y parecía haberse adherido a éste del mismo modo cómico que un fragmento de papel higiénico se prende de la suela del zapato y nos sigue hasta que nos obliga a detenernos. Ya por la contracción de sus pupilas comprendí que no era un sobre cualquiera... y tampoco se trataba de un ataque de ansiedad como esos a los que nos tiene acostumbrados Garmendia.
Le arrebaté el sobre a Garmendia, enseguida flanqueado por Antonio y Luis Alberto, que esperan cualquier oportunidad para distraerse, y mientras él explicaba su encuentro con el destinatario en cuestión, yo me dediqué a estudiar los sellos albinos. Eran únicos, y procedían de Turquía, lo que me llamó poderosamente la atención, pues allí los sellos destacan por sus motivos, o por sus particulares formas, como sucede con los triangulares húngaros, por ejemplo. Hasta donde yo sé, no suelen sacrificar moldes para fabricar sellos albinos porque sí. Cogí la chaqueta y Garmendia lloró.
Con el tiempo, en este oficio se desarrollan capacidades que uno no espera llevar incorporadas. Yo he alcanzado una nada desdeñable agudeza cuando me empleo en la observación de pequeños detalles, tales como los tipos de letra, el modo de colocar los sellos, etcétera. Y una destreza en el análisis de esos detalles, en comprender la precisión de quien puso los sellos, o en saber si es importante la dejadez demostrada a la hora de cerrar el sobre... incluso tras detalles tan aparentemente nimios como que el remitente ha sido incapaz de resistirse a reventar alguna de esas pompas de aire protectoras, o si se ha esmerado en alisar los pliegues y grietas producidos en el sobre por la manipulación exagerada, aun así hay que saber si nos enfrentamos a una persona cuerda o excesivamente pulcra, si es sencillamente un perturbado al emplear un tipo de tinta de estilográfica (color tinta de calamar, por ejemplo), o si es un administrativo aburrido de su trabajo... y hay que decidir si esos detalles que llaman la atención son importantes para pensar en la persona que los dejó... pueden no ser más que descuidos, o pueden ocultar alguna pista. Ese es un aspecto donde me veo especialmente dotado. Y dado que nunca me preocupé de perseguir faldas ni de rellenar crucigramas, he podido dedicar gran parte de mi tiempo a cultivar mi afición detectivesca.
Iba pensando en todo esto, sintiendo cómo la adrenalina iba llenando cada una de mis extremidades, tratando de imaginar qué clase de individuo había provocado que Garmendia descubriese un nivel más profundo de su ansiedad. Tenía que saber quién era. Subí la calle y torcí mecánicamente varias esquinas hasta cambiar de distrito y llegar a la calle Spungeon, un lugar más que aceptable para vivir que en tiempos era parte de un barrio marginal, ahora disuelto como tal. Entré al portal abierto de par en par, y comprobé que había ascensor... era uno de los pocos edificios de la calle que había aprovechado el espacio enorme del hueco de la escalera para instalar un pequeño aunque práctico cajón de esos que debía estropearse cada diez minutos. Puse la mano en el tirador, esperé unos segundos (en el trascurso de los cuales un escalofrío, quizá debido a la corriente, me recorrió la espalda) y tiré. Al parecer funcionaba, aunque pronto una nueva curiosidad llamó mi atención, y era que a la cabina le habían arrancado el espejo.



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