El momento anterior a dejar una casa en la que has pasado cuatro años te deja una acusada sensación de pérdida. Una media hora antes te asomas por última vez al balcón que había junto a tu dormitorio, desde donde has visto una nieve imposible, has prendido velas y cigarrillos, has apurado bebidas y conversaciones de pisos contiguos, espiado faldas, perdido autobuses sin importancia, torturado plantas y tuviste cenas improvisadas debido a la euforia del verano.
Poco después te enganchas por última vez la manga en aquél clavo mal puesto y aun así cumplía a la perfección con su función de sujetar esa foto de Chet Baker. Paseas por las habitaciones donde has amado, soñado, o has pensado en la muerte, o has escuchado y leído fantásticas historias, donde te has reído y has escondido regalos y aquellos textos que te avergonzaban. En el paseo ves sombras y marcas de algunos muebles que pusiste tú y siempre acababan atiborrados de libros y servían para apoyar el café la mayor parte del tiempo. Las paredes tienen parte de tus huellas, y tu mente retorcida te dice que quizá un espectro muy parecido a ti volverá a ese lugar para amedrentar a los futuros habitantes. Apagas las luces por penúltima vez, porque como eres un poco compulsivo, volverás a encenderlas y apagarlas más tarde. Compruebas que las ventanas están cerradas, y eres consciente de que esa corriente perfecta que recorría el hogar cuando las abrías de par en par ya no atravesará tus átomos.
El crujido en la madera te recuerda lo mal que lo pasabas cuando sabías que habías pisado el suelo o arrastrado una silla con más intensidad de la cuenta, y en cualquier momento podía subir el cretino que vive debajo a aporrear la puerta. El temblor de la estantería vacía sigue señalando que el lugar original donde la has devuelto no es el apropiado, que es más estable en la pared de enfrente y lleno de cosas.
La cocina no huele a palomitas achicharradas ni a fajitas, ni a lentejas ni a guisantes con jamón, ni a esa merluza en rodajas con patatas y vino blanco que hiciste una vez y nunca has podido repetir. No volverás a beber mate entre esas paredes, es cierto, pero tampoco volverás a agobiarte, y confías en que la casa te recuerde a ti tan bien como tú lo harás con ella. Es una curiosa relación. Uno cree que se relaciona con objetos, pero en el fondo es con el lugar que contiene esos objetos, donde a veces tú no has sido más que eso.
Te peleas por última vez con la cisterna. Te preguntas si en esa casa has escondido finalmente un poema para el próximo inquilino, como has hecho en algunos hoteles y lugares donde has estado... no lo sabes. Te cuestionas si has sido feliz allí. Sin embargo, esa pregunta no procede porque seguirá ahí cuando eches la llave, y además tampoco sabrás la respuesta. Así son las inmensas preguntas.
Dejaste dentro las cortinas, unos soportes para macetas, los ruidos del ascensor, la lámpara de papel, las bombillas fundidas, un rotulador y cinta aislante, una pizarra pequeña en la cocina para las frases rápidas, y algún que otro mal recuerdo junto a un poco de papel de periódico y un inventario de ideas que tuviste allí pero que al salir sabes que no funcionarían.
Cierras y no dices adiós, ni nada parecido. Puede que las paredes oigan, pero eso es una metáfora. Y ninguna metáfora ha salvado una vida, que yo sepa.
Apareció por primera vez en un libro de cruzadas escrito en holandés, y en ella se desarrollan muchas de las historias creadas por Daniel Jándula. Se encuentra situada a orillas de un afluente del Rin. Es una mezcla de Barcelona imposible, Gotham en verano, el centro catastrófico de Tel Aviv, Londres bajo un sol oblicuo y permanente, y contiene algo de la humedad de Roma.
Nedham Independent, su principal medio, ha informado puntualmente de las noticias más importantes de la ciudad, así como de la obra y lecturas de uno de los escritores supervivientes a ella.
2 comentarios:
Gran texto de despedida. Muchos ánimos amigo.
¡¡Gracias majo!!
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