martes 25 de octubre de 2011

Limpiar la alfombra

martes 25 de octubre de 2011
Alemania cifra el fondo de rescate de la moneda europea en más de un billón de euros. El último premio Nobel de economía, Christopher A. Sims (ex aequo junto a Thomas Sargent), obtuvo su medallón con un trabajo sobre "Macroeconomía y realidad". Anoche leí un artículo de Joaquín Estefanía repleto de datos estremecedores sobre el paro y un balance (provisional) de nuestra época, donde este asunto resulta ser "el factor diferencial". En el mismo medio, Paul Krugman hace notar que cualquier político que ose criticar al sistema financiero será duramente castigado. Netflix, el videoclub electrónico que tiene previsto entrar en España en el 2012 anuncia que ha perdido 800.000 abonados.
Y yo me quedo quieto mirando las migas de mi alfombra.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que la economía lo impregna todo, pero que también somos poco conscientes de hasta qué punto, y de qué modo. Jordi Sevilla lo explica en el libro que ha editado Barataria, dentro de su colección Pasos Perdidos, y afirma: "lo que empezó siendo una gran recesión económica se ha convertido en una profunda desafección hacia los políticos". En su libro, analiza técnicamente las causas de la crisis, pero tampoco dedica, afortunadamente, mucho espacio a ello; pone en relieve el diagnóstico tardío de la situación actual por parte de los dirigentes políticos; y como político pretérito, se cuestiona las razones por las que la población está tan molesta con el poder. 
Mi alfombra necesita de verdad que la sacuda y quite esas migas.

Creo que fue a Jordi Sevilla a quien escuché decir una vez que en política el debate sobre los principios es estéril, que este debe asentarse sobre una cuestión de intereses comunes. De ahí que no se entienda el bloqueo al que hemos llegado: mientras los partidos tienen delante de sus narices el mayor de los intereses comunes (acabar con la crisis financiera y la ecológica, de productividad, competitividad y resolver la vulnerabilidad a que nos ha llevado nuestro déficit exterior), el consenso está en las calles, donde ya nadie traga con la disputa por el poder, con esa "predicación sistemática del 'quítate tú para ponerme yo', sin más."
Estamos ante una generación de jóvenes que van a tener dificultades para vivir como sus padres, con serios riesgos de acabar haciéndolo peor que la generación anterior a pesar de estar, globalmente, mejor formados. Es un desperdicio de esfuerzo, recursos e ilusión que, como país, no nos podemos permitir.
De análisis y previsiones estamos cansados, es cierto. También de que se nos señale a la gente de a pie que sólo sabemos quejarnos cuando no llegan las soluciones que unos y otros agentes políticos dicen tener. Sostener argumentos sobre la crisis global a posteriori es fácil. Sin embargo, mirar atrás es algo que debe aprenderse. Así, en nuestro caso deberíamos aprender de qué se hizo mal cuando creíamos estar en tiempo de bonanza; deberíamos ser conscientes de que sin crisis económica probablemente no tendríamos noticias de los engaños del gobierno de derechas griego, o de la comparación entre nuestro "bloqueo" y el "caos" alemán, resultante del proceso de unidad nacional que empezó con la caída del muro de Berlín.


Jordi Sevilla lo expone en el apartado que habla del bloqueo español:
Alemania se fortalecía con la unificación y, a la vez, se diluía en el seno del euro, aunque no como uno más. Veinte años más tarde, el euro cuelga de Alemania y ésta se encuentra en disposición de imponer condiciones a quienes considera países indisciplinados, a cambio de su apoyo frente a los ataques de unos mercados financieros que, casualmente, no son ajenos a los intereses de la propia Alemania. El mensaje de Merkel no puede ser más claro: si queréis que ampliemos el Fondo de Rescate y que se flexibilice su intervención en defensa de la financiación de vuestra deuda, tenéis que aceptar el Pacto de Competitividad que resume, en seis propuestas muy desiguales, las actuales obsesiones alemanas. 
Vale, los españoles y los nedhamianos dependemos de Alemania, un país del que hasta hace poco sus propios habitantes sentían una vergüenza infinita por su historia durante el pasado siglo, una historia con la que tenemos mucho más que ver de lo que querríamos. Alemania ha demostrado con creces la capacidad necesaria para superar sus dramas, y por eso se encuentra en la posición en que está.

Nosotros aún seguimos despertando, dándonos cuenta poco a poco de que la alfombra tiene que ser sacada a la terraza y golpeada hasta sacar de ella todas esas molestas migas y el polvo acumulado, no por invisible menos molesto. Estamos en la fase de cuestionarnos si nuestro sistema democrático es como lo imaginábamos en nuestra contemplación en pijama de la realidad, si la sociedad del bienestar no estará acaso enferma, si todo el esfuerzo para estar a la altura de las circunstancias nos conviene.... si no será que hay que cuestionarse hasta los mismos cimientos de la democracia y su relación con el crecimiento económico, como el economista Yasheng Huang plantea a continuación, situando el punto de mira en la comparación entre el gobierno autoritario de China y la democracia que "frena el progreso" de India:


Para mí, el punto clave del asunto está en nuestro anhelo de ser como los grandes, nuestra fijación por ser como los niños mayores. No nos conformamos con la recuperación, tenemos que ser los mejores, como lo apuntaba el periodista Iñaki Gabilondo hace unos días. Y esa es otra forma de bloqueo, cuya salida empieza por comprobar que esta no es una cuestión de optimismo o pesimismo nacional o financiero, sino de poner a flor de piel nuestros valores. De otro modo es imposible abordar la situación sin caer en una suerte de entropía sociopolítica, es como quedarse eternamente mirando la alfombra. El apartado sobre los políticos como problema, concluye así:
La verdad es que empezamos a apercibirnos de una situación paradójica: nos encontramos en un mundo donde los problemas se sitúan a escala global mientras seguimos buscando las soluciones dentro del viejo ámbito de los Estados-nación, más o menos coordinados por instituciones informales como el G-20 o insuficientes como la Unión Europea.
Pero el asunto es más grave cuando existe el problema adicional de una estructura política que no está a la altura de las necesidades y posibilidades del país, porque el exceso de partidismo mal entendido pone en riesgo el potencial de desarrollo nacional.
Entonces es cuando la incertidumbre y el pesimismo se instalan y convierten el recelo frente a los políticos y la política en desafección respecto a las instituciones democráticas, abonando así el terreno para la aparición de populismos arbitrarios de todo tipo.
Otra historia es el valor de la memoria y el regreso a tres décadas atrás, cuando España salía de una pesadilla y podía por fin mirarse a sí misma con una inocencia imperturbable. Ahora es el momento de salir de ese estado de adolescencia de tipo gótico tardío, y buscar el camino a la madurez. Y eso empieza por limpiar la alfombra.

- Para desbloquear España, Jordi Sevilla, Barataria 2011.
 
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