Quería contar esos momentos que tuve con ella a solas, alguna conversación, algún abrazo a su bata de color salmón. Hablar de sus inquietudes creativas: con las figuras hechas de tela y alambre, con la experimentación de aquellos complejos centros de flores secas a los que dedicaba días enteros de planificación, el cine en blanco y negro, el fado, la afición de su juventud a los Beatles y la anécdota de aquella vez que pasó una tarde entera encerrada en el baño hasta que su hermana llegó y por fin le abrió desde fuera... una anécdota que narró en varias ocasiones y en ninguna se parecía a las demás, a pesar de la simpleza en esos elementos que conformaban la historia.
Quería reflexionar sobre su tendencia a esquivar los conflictos. Quería tratar su modo de enfrentarse al cáncer. ¿Por qué? Quizá porque desde que tengo uso de razón ella tuvo que asistir a la quimioterapia con la misma asiduidad que a las tutorías con el profesor o a las clases de baile; se hablaba del tema en casa como de una preocupación cotidiana más: ella recogía el mantel de la cocina, y se tomaba una pastilla. Su enfermedad no podía ser un estorbo, no podía ocupar más lugar del imprescindible. Su modo de cabrearse era siempre difícil de encajar, siempre parecía irreal, porque era alguien a quien sencillamente no le pegaba enfadarse.
Uno de los recuerdos más poderosos que me quedan de ella es la de verla escribir en un diario, a mediodía. En la terraza se recluía de las visitas a mis abuelos, y se sentaba a escribir con una tónica. Se quedaba a solas con los ruidos del bloque y en esa libreta volcaba sus pensamientos sobre lo que había leído en la Biblia, el anhelo de regresar algún día a Portugal, lo que haríamos sus hijos con el tiempo, la situación laboral de mi padre, y algunas molestias. Allí se olvidaba de muchas cosas que le hacían daño.
Cuenta Peter Handke que cuando su madre escribía:
las cartas eran tan apremiantes que parecía que con ellas había intentado grabarse a sí misma en el papel. En esta época para ella escribir ya no era una ocupación extraña, como ocurría normalmente con la gente que tenía sus mismas condiciones de vida, sino un proceso respiratorio independiente de su voluntad.El caso de Peter Handke es muy distinto al mío: su madre se suicidó, vivió una época diferente en una cultura y lengua distinta, y su exposición de los hechos, de una manera exhaustiva (tanto que llega a desear poder mentir sobre ella) permanece todo el tiempo en contacto con su literatura, a la que se aferra sin contemplaciones. Handke cuenta la historia de su madre con la crudeza con que Hyvernaud hablaba de los campos de concentración, y reconoce haber perdido en su afán de ser objetivo. Supongo que no se puede ser objetivo en algo así, a menos que se hable de la madre de otro, pero eso entre caballeros no es muy apropiado...
En lo que sí que coincidimos Handke y yo es en el descubrimiento de que el problema no está en querer hablar de nuestras madres, sino que la tentación más grande de usar la muerte de un ser querido como ritual literario (esa tentación que todo escritor debe eludir) es la de querer hablar demasiado de uno mismo.
- DESGRACIA IMPEORABLE, Peter Handke, Alianza 2010 (escrito en 1972 y publicado por primera vez en Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1974)




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