martes 3 de enero de 2012

Para futuros padres, sobre el futuro de ser padre

martes 3 de enero de 2012
He llegado a John Fante no porque lo diga el petardo de Charles Bukowski, sino porque buscaba un sano entretenimiento. Y vaya si lo conseguí. Llenos de vida ha sido mi tercera lectura íntegra en un e-book (tras La línea de sombra de Joseph Conrad, y el gaucho Martín Fierro). La primera oficial en 2012 (aunque comenzó en diciembre).
Va de un guionista de la Paramount (un nuevo rico de los 50 en Hollywood, procedente de una humilde familia de italoamericanos de Colorado) que espera su primer hijo y recurre a los servicios de Nick Fante, su padre carpintero, para arreglar su casa, ambiciosa como los proyectos del matrimonio, y llena de termitas. Su mujer Joyce no para de leer libros religiosos, y acaba por modificar su acomodado ateísmo por un cargante catolicismo.
El libro de Fante es pura ternura, puro miedo a lo natural. Lo escribió antes de silenciar su carrera literaria (no muy extensa por otra parte) durante veinte años para escribir guiones. Fue el último texto suyo en traducirse al castellano. Su estilo es directo, pero no como un puñetazo; no, más bien es como cuando arrancas un trozo de corteza de un árbol, y descubres allí algo que no querías ver.
El libro me venía de fenómenos, porque ahora pienso demasiado en la paternidad y en lo que eso implica, y nunca está de más ser consciente de que meteré la pata pero no seré el único. Mis inseguridades al respecto son bastante habituales. John Fante escribió sobre el tema, ya está. Y también lo hicieron muchos otros. Pero ni todos los libros sobre el asunto juntos serán la excusa para mis momentos de incompetencia. Ni podrán sustituir la emoción, la inquietud, y la sobreprotección que a veces luchan por ocupar el lugar que sólo el amor simple tiene que ocupar.
La cosa es que ahora uno tiende a relativizarlo todo. El mundo puede estar en crisis todo lo que quiera, pero dentro de unos meses no podré sentarme a pensar en lo feos que son los políticos por dentro (y casi siempre por fuera también); de modo que, teniendo comida y abrigo, estemos contentos. Los sueños y los proyectos quizá tendrán que ser más realistas, expuestos a corto plazo... pero extremando la imaginación al mismo tiempo. Muchas frustraciones propias y ajenas se convierten en accesorios de los que es bastante fácil desprenderse, si uno se lo propone. Uno piensa cada día en que el cariño mal enfocado puede ser muy cruel... y a la vez en su padre, en que no lo hizo tan mal al fin y al cabo.

Una tarde de agosto el padre de un amigo mío nos llevó a este y a mi al campo. Mi amigo construía por entonces su casa, y quería cubrir el muro de trozos de piedra plana. Su padre nos metió en un 4x4, nos condujo por senderos casi impracticables de la sierra de Madrid, y en un punto del camino nos hizo bajar del vehículo. Recuerdo que no se veían árboles en kilómetros a la redonda; sólo había enormes piedras de pizarra gris que si no pisabas con firmeza podían romperte el tobillo. El sol pesaba más que nunca, y las cigarras competían con las torretas de alta tensión por ver quién nos ponía nerviosos antes. Ganó el padre de mi amigo. Durante media hora seguíamos sus pasos por aquél terreno huérfano, viendo cómo el hombre de mayor edad cogía fragmentos de pizarra, se las enseñaba a su hijo, y las arrojaba lejos, como si aquello fuera una competición de lanzamiento de disco. Perdí la cuenta de cuántas veces le dijo: "Mira, pizarra. Muy buena. Para tu casa. Aquí tienes la que quieras. Toda esta pizarra es tuya. Puedes fabricarte treinta casas con tanta piedra." Decía "mira", y cuando uno se acostumbraba a la forma de la piedra que había cogido, la lanzaba lejos. El padre de mi amigo estaba eufórico, encendido de un misterioso pensamiento de haberle salvado la vida a su vástago, como una retorcida exageración de la superioridad que se siente cuando consigue por primera vez taladrar un agujero y poner un taco en su interior. John Fante explica una situación similar:
Apretamos el paso hasta que la carretera giró y fue cuesta abajo. Estábamos en las tierras de Joe Muto. Lo supe por la pintura blanca que remataba los postes de su valla. Era la linde del viñedo de Muto, un terreno inculto en el que crecían en desorden las carrascas, los acerolos y los últimos especímenes que quedaban de un pequeño limonar. Todo era silvestre allí, un campo de unas dos hectáreas en el que, por la razón que fuese, Joe Muto no había plantado cepas. Mi padre se detuvo ante aquel despliegue de confusión verde y parda y lo abarcó con el cigarro.
- Ahí está.
Echó a andar entre los matojos y fui tras él. Se detuvo en el centro del campo, en una elevación desde la que se veía bien todo el terreno, y abrió los brazos.
-Aquí lo tienes. Con esto es con lo que sueño.
Se inclinó para arrancar un puñado de amapolas silvestres. Salieron con raíces y todo, y con negros y tenaces grumos de tierra adheridos. Estrujó las raíces y la tierra cálida y húmeda formó una bola dentro de su puño.
-Aquí crece todo. Plantas el palo de una escoba y crece.
Vi por dónde iba su pensamiento.
-¿Te gustaría que fuera tuyo? ¿Quieres comprarlo?
-No para mi. -Sonrió y dio una patada en el suelo-. Será para el niño. Aquí es donde vivirá. Exactamente aquí. -Dio otra patada-. Con esto es con lo que sueño. Tú, la señorita Joyce y la criatura. Tu madre y yo en la misma carretera, pero más abajo. Un sitio espacioso. Dos hectáreas. Para vosotros. Para vuestros hijos.
-Pero, papá...
-No hay peros que valgan. Soy tu padre. Esa basura que escribes, ¿te da dinero?
-Tengo un poco.
-¿Tienes dos mil dólares?
-Sí.
-Cómpralo. He hablado con Joe Muto. Somos paisanos. Sólo me lo venderá a mí.
¿Qué podía decirle a aquel hombre, mi padre? ¿Qué podía replicarle a aquel rostro agrietado por el trabajo, endurecido por los años, dulcificado ahora por sus proyectos fantásticos y que se comportaba como si viviera dentro de ellos? Yo veía el cielo azul y los viejos limoneros, y los hierbajos que gemían a sus pies como un antiguo amor; él ya veía a sus nietos respirando aquel aire a pleno pulmón, revolcándose en la hierba, alimentados por la tierra con la que soñaba. ¿Qué podía decirle a aquel hombre? ¿Que ya había comprado una casa en aquel crisol de perversiones que llamaban Los Ángeles, en una travesía de Wilshire Boulevard, una parcela de quince metros por cuarenta y cinco, infestada de termitas? Si se lo hubiera dicho, la tierra me habría tragado y el mundo se me habría caído encima.
Sin duda, lo mejor que un padre puede darle a su hijo es enseñarle a ser independiente, a buscar su propia identidad. Para que no le ocurra lo que a John Fante con su padre: ser incapaz de llevarle la contraria sin que las diferencias entre ambas generaciones supongan un trauma. Nick Fante es un personaje entrañable, a pesar de su cariño mal enfocado, de su aspereza, y de la cantidad de veces que le recuerda a John lo merluzo que es. Esta historia se aleja del pesado malditismo y se decide por profundizar en las relaciones entre padres e hijos, donde ambos se equivocan sin remedio.
Una de las razones por las que este libro semiautobiográfico resulta tan valioso es que no deja lugar alguno al cinismo. En este punto de mi carrera como lector me aburren sobremanera los escritores políticamente incorrectos; me dan pena los libros desengañados de la vida; aborrezco con mis entrañas esa moda reciente por leer tratados sobre embalsamamientos y ataques contra el capitalismo. Quiero ser un perfeccionista en el arte de la ingenuidad, y llenarme de vida. Quiero a gente alrededor correcta de verdad, que prefiera evolucionar con tranquilidad, que elija "no saber"; que posea tormentos comunes y relativos, que crea en la palabra escrita y no se deje consumir por ella: de espíritu delicadamente agitado.
Que los muertos en vida lean a los muertos de antemano, de este o de cualquier otro siglo. Yo seguiré leyendo a autores llenos de vida, como John Fante, que sepan nadar siempre en contra del caudal del río. Supongo que es el mejor legado que puedo dejar a mi descendencia. Aunque no tengo ni idea de cómo hacerlo.

- LLENOS DE VIDA, John Fante, Anagrama 

2 comentarios:

Manuel

No soy yo tan fan de Fante, pero bueno. Me alegra la rentrée y la noticia. Enhorabuena y no te preocupes tanto: es más sencillo de lo que parece. : )

Daniel Jándula

Gracias hombre!!
Si uno es fan de Fante y de la Fanta, puede ser muy feliz...

 
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