[Reproduzco a continuación un extracto del episodio 147 de Tierras, perteneciente al 4º cuaderno; el manuscrito del texto lo he encontrado esta tarde en el interior de un libro]
El anciano me
entrega un kiwi. Tiende la mano con un esfuerzo que parece haber reunido desde
mi llegada y deposita la fruta en mi mano que, sin saber cómo, he puesto en
forma de cuenco esperando que fueran semillas, flores, o líquido lo que deben
retener. Luego me sonríe desde el fondo de sus arrugas, y me quedo sin saber
qué decir. Musito unas palabras de agradecimiento que suenan a huecas
y salgo.

El sol da fuerte sobre los párpados, pero por acumulación de fuerza, pues aquí golpea en esta
época de un modo muy oblicuo y cada vez durante menos tiempo, asentándose en el
cielo un tono azul oscuro con consistencia propia de noche… por unos instantes, sólo
veo claridad y mi vestuario lanza destellos, como cuando uno abre un libro
después de pasar largo tiempo bajo la luz del día y no puede ver bien las
letras, y estas arden o bailan antes de adquirir solidez poco a poco. Sujeto el
kiwi, algo maduro, y me balanceo sobre él. Sopla una brisa agradable, y el olor
a sal lo inunda todo. Siento un breve escalofrío (¿acaso puede ser otra cosa
que no sea breve?). Cuando el mar está cerca, no importa la estación, los
escalofríos son habituales, la sensación de que puede hacer frío si uno pasa
mucho tiempo junto a él es perpetua.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada